Es muy común oír opiniones que salen en defensa de la actuación de los bancos centrales al respecto de sus programas de proliferación monetaria.

Sostienen que no cabe tanta preocupación a ese respecto. Se escudan en la evidencia presente para afirmar que las políticas monetarias no están siendo tan dañinas (inflacionistas) como los más agoreros opinan, y que a pesar de estar inmersos en “la mayor inundación de activos monetarios de la historia económica reciente”, la inflación no aparece.

Esta evidencia les viene muy bien a los bancos centrales quienes siguen sosteniendo que la cantidad de nuevo “dinero” creado no es tan alta y que “imprimir activos monetarios al ritmo actual no genera inflación, ya que los precios se permanecen estables”.

Nosotros somos de la opinión contraria. Pensamos precisamente que la prueba más palpable de que estamos asistiendo desde hace años a una exacerbada y constante inyección monetaria (impresión de moneda) y que ahora es especialmente intensa, es la de que no hay “deflación”, y pasamos a explicar esta especie de juego de palabras.

Desde la última crisis del petróleo en los 70’s del pasado siglo, hemos asistido casi de manera ininterrumpida a 45 años de ganancia de productividad y de crecimiento económico. Muchos factores han posibilitado este éxito: la globalización económica y cultural, la internacionalización de las cadenas de suministro y venta de productos y servicios, la internacionalización de la mano de obra a nivel planetario y la explosión definitiva que ha tenido el comercio internacional tras décadas de paz y prosperidad.

Esto nos ha llevado a asistir a una “era tecnológica de verdad”. A diferencia de la burbuja del punto.com que estalló el año 2.000, la implementación de los avances tecnológicos en la mayoría de los procesos productivos actuales hace que estos sean cada día más eficientes y que atiendan a un número cada vez mayor de consumidores. Esta “bonanza tecnológica” ha posibilitado ofrecer productos y servicios de una manera más eficiente y a menor precio.

De hecho, deberíamos de estar asistiendo a una de las épocas más deflacionistas de la historia. Deberíamos tener una enorme “deflación buena” ya que a los junto a los tres factores clásicos de producción –tierra, trabajo y capital- la incorporación real de la tecnología como el cuarto factor productivo ha sido determinante para terminar por lograr esta gran ganancia en productividad.

No se puede pasar por alto el aumento de la productividad que ha aportado el desarrollo económico en países menos desarrollados y que ha hecho posible que cientos de millones de habitantes se hayan incorporado al status de clase media (sobre todo en China e India).

La deflación “buena” es la que viene derivada del incesante espíritu emprendedor del ser humano. Deflación “buena” es a la que hemos asistido en el sector tecnológico, donde un televisor, un coche, etc. cada vez cuestan menos, y que se ha empezado a transmitir puntualmente (“efecto Amazon”) a otros sectores como consecuencia del aumento de la productividad acumulada.

En una economía sana con una moneda fuerte, la existencia de este tipo de deflación “buena” es normal ya que es el reflejo del aumento de productividad (por ejemplo: crecimiento de los bienes y servicios del 4-6%, coexistiendo con un crecimiento de la oferta de dinero del 2%). Un ejemplo de ello lo tenemos en la larguísima era de mejora tecnológica que vivió EEUU en el siglo XIX durante casi 40 año y que tuvo su epílogo en La Gran Depresión de 1929.

La deflación “buena” es la que posibilita que cada vez tengamos más bienes y servicios y a mejor precio. Favorece, por tanto, al ahorrador (al que no consume) y perjudica al endeudado.

Los bancos centrales no se cansan de repetirnos: “¿ves cómo imprimir mucho dinero no genera inflación?” Y nosotros decimos: “claro que no, porque hay una presión deflacionaria enorme como consecuencia del progreso económico y tecnológico actual.

Lo que no nos dicen es que realmente existe una “inflación pasiva” brutal de la cual nos tenemos que proteger como inversores; sobre todo cuando vemos que los bancos centrales hacen lo contrario de lo que dicen y en 2018 pasaron a convertirse en los mayores compradores mundiales de un activo real como el oro.

Los bancos centrales sabedores del momento de enorme presión deflacionaria por la que estamos pasando, dejan hacer y emiten moneda generando la inflación suficiente para que la deflación no aparezca. Es la denominada “inflación pasiva”.

También se aprovechan de otro recurso, como hay un “lag temporal” entre el momento en el que emiten nueva moneda hasta que finalmente aparece la inflación, su actuación de política monetaria parece no tener efecto.

No obstante, y como conclusión nos gustaría señalar que a la postre, creemos que el espíritu emprendedor humano tendrá un efecto más fuerte sobre el incremento de la productividad de lo que nos quite día a día la inflación.

Pero para ello, claro, deberemos estar convenientemente invertidos en activos reales que nos defiendan de ese efecto negativo.

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